Durante sus largos viajes Cristóbal Colón hizo una observación referente a la salud de sus tripulantes: "cuatro son los alimentos que resultan indispensables para el bienestar del hombre: el trigo, la uva, la oliva y el aloe". Las propiedades beneficiosas de los primeros tres han sido bien documentadas y son hoy generalmente aceptadas. El aloe, sin embargo, ha tenido una historia más incierta.
En el siglo XV el cultivo de aloe vera a lo largo de la cuenca del Mediterráneo dejaba patente la importancia que este ingrediente cobró en la medicina popular. Pero, con el comienzo de la farmacopea moderna, la 'pita sabila', junto a la mayoría de las plantas medicinales, quedó relegada al olvido.
En Occidente, el primer reconocimiento de la comunidad médica hacia la planta no ocurriría hasta principios del siglo XX. Y como prueba innegable, no será hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial cuando se redescubra plenamente su poder terapéutico. Tras los efectos devastadores de las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki, los que padecieron quemaduras se curaron más rápidamente con el aloe y en muchos casos incluso sin dejar señales ni cicatrices.
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